Roquetas de Mar, octubre. El tablero frente al mar de
plástico.
Roquetas de Mar es el sur de Almería. Allí el Mediterráneo
comparte horizonte con otro mar, el de plástico de los invernaderos, que brilla
al sol como una superficie metálica y saca de la tierra los tomates que el
resto de Europa come en enero. En ese paisaje de luz excesiva y aire con sal se
juega estos días el Campeonato del Mundo de Ajedrez por Edades 2026: del 13 al
21 de octubre, más de setecientos niños y adolescentes de todo el mundo
inclinados sobre sesenta y cuatro casillas
Entre ellos está Jacobo Caselas, Maestro Internacional,
director y entrenador de nuestra escuela. La Federación Española de Ajedrez lo
ha vuelto a convocar para el cuerpo técnico de la selección de jóvenes
promesas. Que lo llamen otra vez dice algo. Las federaciones, como los buenos
restaurantes, repiten con quien no les ha fallado.
Las categorías se recitan como una alineación: Sub-7, Sub-9,
Sub-11, Sub-13, Sub-15 y Sub-17, en Open y en femenina. Son edades en las que
todavía se pierden dientes y en las que ya se aprende a perder partidas, que
duele más y deja menos huella visible. Se juega por sistema suizo a once rondas.
El ritmo es de 45 minutos más 30 segundos de incremento por jugada, y varias
jornadas tienen doble ronda. Eso significa sentarse por la mañana, levantarse
derrotado o eufórico, comer algo y volver por la tarde a pelear contra un
desconocido de Kazajistán, de la India o de Perú. Un Mundial así no lo gana el
que más sabe. Lo gana el que mejor administra el cansancio, la memoria y el
miedo.
Para eso está el entrenador, figura discreta que no aparece
en las clasificaciones. Es un oficio de trastienda. Consiste en convertir una
derrota en una lección sin que el chaval note que le están dando una lección, y
en recordarle que una partida perdida es una partida, no un veredicto sobre su
vida. Los entrenadores de ajedrez saben algo que los teóricos de la competición
olvidan a menudo: a esas edades se juega con el cerebro, pero se gana o se
pierde con el estado de ánimo.
Para la Escuela Técnica de Ajedrez es un orgullo, y no de
los que se cuelgan en la pared, que uno de los nuestros forme parte del equipo
técnico de la selección. Lo que se aprende en un Mundial no se queda en
Almería. Vuelve en la maleta, junto a la acreditación arrugada y alguna
camiseta de recuerdo, y acaba en nuestras clases convertido en ejemplos, en
posiciones analizadas, en la experiencia de haber visto de cerca cómo juegan
los mejores jóvenes del planeta y cómo se equivocan, que también es una forma de
aprender.
Desde la Escuela Técnica de Ajedrez felicitamos a Jacobo por
esta nueva convocatoria y deseamos mucha suerte a toda la expedición española.
Que las aperturas estén frescas, las piernas descansadas y el reloj de su
parte. El mar de plástico seguirá ahí cuando todo acabe. Los recuerdos de estos
días, buenos o malos, se los llevarán puestos para siempre.
Más información:
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